Periódico independiente de la provincia de Mendoza

Opinión

En busca del orden perdido

Viviendo en una sociedad sin reglas, sin premios y sin castigos
La estricta definición de “orden” es la manera no azarosa en que diversos elementos y personas están colocadas y se mueven en el espacio, bajo una sucesión no aleatoria del tiempo. Borges, diría “tiempo y espacio me dejan…”, en una memorable poesía escrita, ya en vejez avanzada. Y así inequívocamente el maestro nos enseñaba que el “orden” ya estaba casi fuera de su control y no podía decidir sobre su vida.

Ese funcionamiento equilibrado nos permite estar dentro de un estado de normalidad y armonía, de manera que cada uno de nosotros sabe a qué atenerse ante cualquier hecho o alteración que se produzca voluntaria o involuntariamente. Las sociedades necesitan a rajatablas de esas reglas, ya que de no estar dentro de ciertas consignas, es la anarquía la que prevalecerá y una especie de “sálvese quien pueda” predominará entre nosotros.

En las escuelas primarias que recorrí (En el Gran Mendoza y en varios departamentos ), en todas ellas existía un mandato aceptado e indiscutido que era el simple acto de formar fila y tomar distancia. Eran escuelas públicas, muy de barrio, donde los más comunes de los hijos de vecinos confluíamos en cumplir con ese simple precepto. Nosotros, los pibes, entendíamos que el de más baja estatura debía estar delante para dejar al lungo al final de la columna. Es verdad que formábamos dos hileras, chicos por un lado y las chicas por el otro y es verdad también que era un acto que no superaba los pocos segundos, previo al izamiento de nuestra bandera. En esa especie de comunión colegiada (creo que nunca mejor elegido un adjetivo) todos éramos uno y uno éramos todos. El silencio profundo, quizás solo era interrumpido por algún chiste menor de “los del fondo” o por un retruque al sentir que “el de atrás” te apretaba algo
fuerte tu hombro al apoyar su brazo extendido. Ese patio era una acuarela que pintaba el equilibrio de la niñez bajo la atenta mirada de la “seño” o de la “dire”. Luego vinieron varias modernidades, como la de prohibir la “toma de distancia”, por un supuesto parecido a prácticas militares o por tener alguna semejanza con el saludo fascista. Entonces, dejamos de ordenarnos de más bajo a más alto para no caer en prácticas discriminatorias, aunque al flaco y alto Pedro lo mandábamos a cabecear en los córners, ya que su imponencia abrumaba sobre los bajos defensores del otro grado. Ya las filas por sexo se dejaron de lado, pues se trataba de otra separación que no condescendía con las épocas que corrían. Muchos dirán que estos eran mínimos y marginales hechos dentro de un conjunto educativo. Sin embargo, esto escribo en el pleno convencimiento que con la sumatoria de todas esas nimiedades se iba formando y armonizando una sólida y ordenada sociedad.

Algunos lectores (a quienes agradezco sus aportes) me refieren a que en mis escritos hay siempre un dejo de melancolía. Reflexioné mucho sobre eso, ya que en mi vida continuamente he tratado de visualizar futuros, pensar caminos hacia delante, soñar irrealizables. Hoy mismo a mis años, tengo explosiones de ideas por hacer, sin dejar de participar activamente no solo en mi empresa, sino también en múltiples emprendimientos sociales y aconteceres educativos. ¿Qué es entonces lo que me lleva a pensar que el pasado fue mejor en muchos sentidos? Si acepto que la nostalgia es ese punto de encuentro donde los recuerdos confluyen con los logros y los premios obtenidos, los amores perdidos y los encontrados y los caminos recorridos en tranquilidad y sin temor por la aparición de un cuatrero, indefectiblemente deberé concluir que la añoranza es un buen bálsamo ante tanta siniestralidad y oscuridad actual. Quizás en mi redacción lo que no he sabido explicar bien es que la melancolía no me deja anclado a un pretérito, por el contrario y desde ella, me impulso hacia la búsqueda de causas que tengan que ver con la innovación y el cambio con total basamento en el estudio permanente. Cuanto menos, lo intento.

El profesor Jean-Baptiste Leca, de la Universidad de Lethbridge, Canadá, realizó un estudio entre ciertos monos de la Isla de Bali (en el templo de Uluwatu) y descubrió que los mismos habían “aprendido” a determinar cuáles eran los objetos de mayor valor que portaban los turistas que se les acercaban, para de esa manera, en forma rápida y fulminante robárselos. Luego se alejaban unos metros y realizando algunas danzas y demostraciones ante el sufrido turista, le “exigían” una recompensa alimentaria. Es así que estos sabios macacos se hacían de celulares y carteras básicamente, dejando de lado objetos menores y no apreciados por los asombrados visitantes. Décadas atrás, antepasados de estos mismos animales, solo robaban “bultos” o pequeñas cosas, sin valor ni importancia. En solo un par de generaciones modificaron su conducta y rápido se dieron cuenta para entender, que debían hurtar bienes fácilmente canjeables por alimentos. Esta alteración del comportamiento simio (para poder sobrevivir o hacerlo con más holgura) me lleva a pensar que el animal al momento de descubrir que había otras formas de hacerse de comida, no dudó en tirar por la borda centenas de años donde se ciñeron a pautas que el reino animal les imponía. Los ladrones, sean de Bali o de una calle local, en el caos y en el desorden se mueven. El ratero en moto después de todo, debe de estar pensando que todos estamos en el mundo de la jungla.

El tributo de la nota de hoy es al semiólogo, filósofo, escritor, “il gran professore” Umberto Eco (1932-2016). Eco devoró miles de libros, escribió por doquier, siendo su legado un monumento al conocimiento humano. A sus ochenta años seguía trabajando en su departamento de Milán, rodeado de su amada biblioteca y frente a varias computadoras encendidas con las que alternaba y se comunicaba simultáneamente con otros profesores y alumnos de cualquier parte del mundo. El cáncer de páncreas pudo más que su potencia mental.

El Profesor Eco, era consciente de que nuestras sociedades estaban perdiendo su orden y que Internet, por fuera que la consideraba la herramienta más revolucionaria de la educación, estaba llevando a millones de personas a no distinguir el error versus lo correcto o la mentira versus la verdad. Tan preocupado estaba que afirmaba que, en el futuro, la educación debería tener como único objetivo aprender el “arte del filtro”. Su ejemplo predilecto era asegurar que no tenía sentido saber dónde queda Katmandú o saber quién fue el último rey de Francia, ya que eso fácilmente se encontraba en las redes. En cambio suplicaba que a los alumnos se les enseñara métodos en sus pensamientos, para poder así ellos determinar cuál era la fuente más confiable. El maestro milanés nos enseña que la base de la educación está en nuestra propia casa, siendo la escuela un soporte complementario irremplazable. En su artículo “Aquí está el ángulo recto” plantea que los niños tienen dos caminos para un buen aprendizaje y poder así ir hacia un orden establecido. Por un lado, lo que él llama “Aprendizaje por ostensión”, que es cuando los padres enseñan a sus hijos respondiéndoles siempre todas sus preguntas, sin dejarles lugar a la curiosidad y por otro lado el “Aprendizaje de las narraciones”, donde las misma preguntas son respondidas con cuestionamientos o con historias (fabuladas o no). Al responderle al niño con otras preguntas o con cuentos, de esa forma se estaría captando el interés del pequeño y quizás comprenda que un árbol es mucho más que un mero componente del reino vegetal, sino que también del mismo se pueden obtener frutos, dormir debajo plácidas siestas, jugar subiendo y bajando de él y hasta escuchar suaves melodías cuando el viento discurre entre el pentagrama de sus hojas. Eco concluye diciéndonos que una sociedad que no puede contar historias, es porque no las genera o porque sencillamente ha caído en la ignorancia de padres y maestros. De esa forma, no se podría jamás educar ni se podría ordenar las reglas básicas de convivencia.

Mi madre, que en paz descanse, me contaba una deliciosa historia de su barrio natal. El relato en cuestión era acerca de su orgullo sobre que en su barrio (en plena avenida San martín) el policía “de la esquina” le pedía a los muchachones ladrones (cuanto mucho de gallinas y de mínimas cosas) que se “fueran a robar a otro barrio”, pero que no lo hicieran en las esquinas que nuestro amigo el “tira” vecinal recorría. Esos códigos eran respetados. Por favor lector, no venga a pensar que estoy defendiendo el pequeño robo organizado y planificado acorde a barrios. Simplemente lo que vengo a describir es que aún ante el choreo marginal había ciertas reglas que cumplir.

Por eso, si algún día alguien me quiere encontrar, allí estaré en la esquina de los recuerdos perdidos justo en el exacto cruce con las utopías del mañana.

Héctor Ariño
Periodistaobservador@yahoo.com.ar.

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